[Columna] La importancia del bienestar en la educación del Siglo XXI

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Carolina Albornoz Narváez
Directora ejecutiva Fundación Caserta

Recientemente el Ministerio de Educación presentó el Plan Nacional “Chile se recupera y aprende”, para enfrentar el impacto que la pandemia ha tenido en las comunidades educativas. El programa abordará tres ejes fundamentales: Recuperación y nivelación de aprendizajes; Bienestar socioemocional de escolares y docentes; y Retención y reinserción escolar. De estos puntos, sin duda, el desarrollo socioemocional es el que debe primar.

Hoy, más que nunca, debemos estar preparados para enfrentar el desafío que significa retomar el curso de la educación. Aprender de los errores y generar propuestas educativas que complementen la llamada educación tradicional o formal se vuelve imprescindible.
En esa línea, el desarrollo del aprendizaje socioemocional e intercultural debiera ser una prioridad a la hora de hablar de una educación integral para el siglo XXI, teniendo como referencia los aprendizajes que nos dejó 2020. Durante este período vimos un aumento progresivo en el nivel de desgaste y estrés docente, donde un 85% de los profesores chilenos ha declarado tener un “alto desgaste emocional”, debido a su trabajo en un contexto de emergencia sanitaria. Asimismo, la UNICEF ha proyectado que más de 3 millones de niños, niñas y jóvenes en Latinoamérica, no regresarán al sistema escolar producto de lo mismo.
Estas cifras se condicen con el noveno Informe de Vida en Pandemia, estudio elaborado por la Universidad de Chile con el apoyo de UNESCO, que da cuenta de que el 35% de los cuidadores, padres y apoderados, advierten un deterioro del bienestar psicológico de niños y niñas durante los primeros nueve meses de pandemia.
En este orden de ideas, el gran desafío es centrar los procesos formativos en el bienestar, específicamente la educación socioemocional e intercultural. Esto supone hacerse cargo del dilema de la educación actual: un modelo educativo del siglo XVIII, con metodologías del siglo XIX y necesidades del siglo XXI; y de esta forma desarrollar nuevas capacidades para que estudiantes y docentes logren reconocer y manejar sus emociones de manera efectiva, abarcando integralmente los procesos cognitivos, emocionales y conductuales, e integrándolos en competencias más complejas.
Interesante resulta revisar nuestra propia memoria país. La educación socioemocional e intercultural desde la perspectiva de la cosmovisión andina, propone el bienestar desde el “Buen Vivir” o “Sumak Kawsay”. Visión que podría inspirar el camino para gestionar la transformación de la educación formal hacia un paradigma de sostenibilidad. El “Buen Vivir” es la forma o relación que tenemos con nosotros mismos y con el resto de los vínculos que generamos a lo largo de nuestras vidas, donde lo primordial es la interacción, las relaciones con todos los elementos de la naturaleza, incluido el ser humano. Enfatiza los valores de la reciprocidad, la solidaridad y la constante relación de las personas como parte de un ecosistema natural, reconociendo las dimensiones del ser humano: cuerpo, emoción, mente y espíritu.
La invitación es a ser parte de esta nueva educación: más humana, integral, multidimensional e intercultural, donde la prioridad sea el estudiante como protagonista de su propio aprendizaje, y el docente un facilitador de experiencias transformativas como agente de cambio, que promuevan una cultura del bienestar para los ciudadanos del siglo XXI.

Fuente: Emol.cl